La delgada línea entre autocuidado y autosabotaje
Share
¿Sabes diferenciarlo?
Me enseñaron a resistir antes que, a sentir, a no llorar, a no incomodar, a “quedar bien”. Durante años confundí fortaleza con aguante y amabilidad con silencio. Así crecí: funcional, correcta, pero desconectada. Desconectada de lo que duele, de lo que incomoda y, muchas veces, de lo que realmente quiero.
En los últimos años he entendido que el autocuidado no es una moda ni una frase bonita en redes sociales. Es un ejercicio incómodo porque implica mirarme sin filtros, reconocer mis contradicciones y aceptar que muchas veces mi mayor sabotaje viene de adentro. ¿Te ha pasado?
Mi autosabotaje suele disfrazarse de comodidad, de cansancio, de “mañana empiezo” y de contarme pequeñas mentiras para sostener una versión cómoda de mí:
→ Digo que no juzgo, pero critico en silencio.
→ Digo que elijo, pero repito patrones que me desgastan.
→ Digo que soy libre, pero sigo actuando por miedo a desagradar.
Y ahí aparece mi punto de quiebre: cuando empiezo a hacerme preguntas simples y contundentes.
¿Lo hago porque quiero o porque temo?
¿Estoy siendo amable… o me estoy traicionando?
Son preguntas que me ayudan a distinguir si estoy actuando desde el autocuidado o desde el autosabotaje.
¿Qué historia te estás contando para no enfrentarte a lo que sabes que necesitas cambiar?
Y entonces recuerdo que mi autocuidado, en cambio, a veces se siente como esfuerzo, como constancia, como decir “no” cuando antes decía “sí”. Poner límites —especialmente a mí misma — como acto de madurez emocional, y también entender que mi disciplina forma parte de ese autocuidado. Mi estructura también es amor propio, y decidir no repetir lo que me lastima, aunque sea familiar, es un acto de valentía.
La libertad de verme y conocerme es un privilegio, pero también responsabilidad. Elegir guiarme desde el autocuidado y/o autosabotaje implica asumir consecuencias. Porque, en el fondo, es como saber que algo me hace daño y aun así consumirlo: nadie más vivirá mi malestar por mí.
No se trata de perfección. Se trata de conciencia de quién soy hoy y lo que necesito. De habitar mi cuerpo, mis emociones y mis decisiones con honestidad. Porque la verdadera fortaleza no está en soportarlo todo, está en elegirme sin culpa. Y en entender que, al final del día, nadie más puede vivir —ni corregir— mi propia vida.
Yo sigo aprendiendo a distinguir cuándo me estoy cuidando… y cuándo me estoy saboteando. ¿Y tú?
Escrito por Lilu, su trabajo nace del mismo proceso que comparte en sus textos: mirarse con honestidad, cuestionar lo aprendido y elegir crecer.
Lilu firma con su nombre con orgullo, convencida de que su voz y su ejemplo también la inspiran a verse, reconocerse y fortalecerse a sí misma.